Gustavo y sus más de 100 rescatados lo que menos tienen es una vida de perros

Gustavo y sus más de 100 rescatados lo que menos tienen es una vida de perros

2021/07/13 a las 11:49 AM 0 Por Jorge Ampuero V-especial para Conexión Noticias EC

En la mirada de Gustavo Rodríguez Zambrano (58 años, Manta) hay cierto desencanto, cierta tristeza, cierta desazón que se rompe cada vez que uno de sus más de 100 perros ladra por cualquier motivo.

De cabeza despoblada y cuerpo algo fornido, de mirada un poco huraña y manos de labriego, Gustavo siempre está en acción. Pocas veces se da tiempo para él, pues atender a tal número de canes demanda mil y una habilidades: desde interpretar sus necesidades básicas hasta evitar que los más fuertes y furiosos se deshagan de los más débiles; desde tener una buena dosis de paciencia hasta una gran fortaleza de espíritu.

Alejado del mundanal ruido desde hace ya más de 30 años, abogado de profesión y lector de libros que le abrieron el pensamiento, Gustavo y sus perros viven muy cerca del mar, sobre una montaña que ha sido su hábitat perfecto, pues nadie los molesta en sus dominios; excepto el viento, el polvo -en tiempos de verano-, el lodo -en tiempos de lluvia-, el sol y uno que otro curioso que llega para comprobar absorto si es cierta la felicidad de un hombre entre tantos animales.

Nunca pude encontrar un núcleo de humanos en el que pudiera sentirme feliz“, comenta Gustavo mientras Zéus, un pitbull negro en cuyo rostro hay las marcas de 1.000 batallas, quiere jugar con él.

UN PARAÍSO LEJOS DE LOS “HUMANOIDES”

Esa decepción lo llevó, a los 33 años, a buscar un lugar amplio, lejos de los “humanoides”, como suele llamar a las personas. Entonces se instaló en Las Piñas, un puerto de pescadores pobres en donde lo único que hace bulla son el mar y los pájaros; además, claro, de sus “hijos” de cuatro patas.

Allí se dio cuenta de que estaba trascendiendo a un nuevo nivel, a “un mundo más civilizado”, que había encontrado su “nirvana”.

Primero fueron unos pocos cachorros que llegaron hasta su santuario; algunos, la mayoría, indefensos, atropellados, abandonados, hambrientos, con sarna y otras enfermedades. A todos les dio refugio, quizá sin saber que esa decisión lo iba a rodear de un número de perros tal que iba a superar, muchas veces, sus posibilidades.

“Es duro lidiar con decenas de perros y atenderlos con medicina, alimentación, y darles cariño por igual“, asegura Gustavo, quien recibe ayuda -no siempre- de algunas fundaciones o de gente generosa para sacar adelante su santuario canino.

Sobre la colina donde viven hay varios cuarteles en donde pernoctan los “mejores seres vivos del planeta”; ollas enormes para preparar los alimentos -no solo comen pepas-, y otros utensilios útiles para atenderlos, entre ellos, vacunas, vitaminas y medicinas.

Por razones de seguridad, cuando los saca a bañar al mar los lleva de 20 en 20, separados. Sin alejarse demasiado, los perros se zambullen en el mar mantense y corretean sobre la resaca espumosa que va y viene sin cansarse. Cientos de huellas así lo testimonian.

A medio baño Gustavo escucha una camioneta que se parquea junto a su puerta; alguien se baja presuroso, deja una caja de cartón y sin dar explicaciones a nadie pone el carro en marcha.

Sin necesidad de acercarse, él ya sabe que un nuevo miembro ha llegado a su multitudinaria familia. Toca recibirlo, toca cuidarlo, toca quererlo, como a todos, como siempre… (I)

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